Mi perro

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Marcel

viernes, 1 de julio de 2011

El hombre, un animal pensante

Dentro de la riquísima variedad de la vida en la Tierra encontramos como algo muy especial la
presencia del Hombre, ciertamente parte del reino animal, pero con un nuevo modo de proceder
que le sitúa en un nivel distinto y superior. Es necesario confrontar el problema de este modo
de existir y actuar, para verlo en el contexto evolutivo y poder establecer los límites de
explicaciones biológicas ante el hecho, tan complejo, de la vida inteligente.
Lo primero que debemos afirmar es la animalidad humana: toda la vida en la Tierra es, en
realidad, un todo con características comunes. Aunque pudieron darse otros comienzos de
vida que no prosperaron, todos los seres vivientes actuales muestran tal similitud de caracteres
y propiedades que se hace necesario aceptar un origen único: todos utilizamos los mismos
aminoácidos, las mismas moléculas con la misma simetría (levógira), la misma molécula de
ADN para la codificación genética. El metabolismo, basado en el agua, la química del carbono y
la oxidación, es también el mismo en todas las especies, por muy distintos que sean sus
entornos y su morfología corporal. Y todos los seres vivientes tienen modos de proceder
innatos, transmitidos por programación genética, que no presuponen aprendizaje, ni mucho
menos consciencia. Estos instintos son tan necesarios para la supervivencia del individuo y de
la especie que casi definen la vida animal, en cuanto determinan las funciones de alimentación,
defensa y reproducción.
Para toda la actividad animal, es necesaria la interacción con el entorno: este es el papel de los
sentidos: órganos materiales que responden a algún estímulo de tipo físico. Son casi
universales las reacciones a la temperatura, la presión (contacto), a excitantes químicos (gusto
y olfato), al sonido y la luz. Todo esto es aplicable al Hombre, con diferencias de grado con
respecto a cada animal, como también se dan diferencias entre las diversas especies. Y
aunque hay sentidos que nosotros no poseemos (por ejemplo el que permite a peces eléctricos
el encontrar a su presa u obstaculos por su efecto en el campo causado por el animal) su
naturaleza no es totalmente distinta, pues se apoyan en las mismas fuerzas -interacciones- de
la materia.
Estructuralmente, el Hombre se encuentra entre los vertebrados, con un sistema nervioso
centralizado en el cerebro y la médula espinal, y con los mismos órganos básicos que
encontramos ya en los peces para la nutrición, circulación, locomoción, reproducción. La
semejanza se acentúa al considerar los mamíferos, y, finalmente, los primates: el material
genético humano coincide en un 98% con el del gorila. Lógicamente, si aceptamos el hecho
evolutivo en todos los niveles inferiores, debemos también aceptarlo cuando miramos al
organismo humano: no ha surgido independientemente, con novedad total, sino emparentado
con toda la trama y la historia de la vida en el planeta Tierra, condicionado por los hechos únicos
de su evolución desde hace miles de millones de años. Tanto así, que esta historia aparece
como irrepetible: cualquier alteración de hechos concretos, desde el impacto de rayos
cósmicos sobre el núcleo de una célula hasta el choque catastrófico de un meteorito gigante,
cambiaría la evolución en formas imprevisibles. Ni es posible, por tanto, predecir la evolución en
cualquier otro entorno, aun de planetas inicialmente muy semejantes a la Tierra.

Para leer más sobre este artículo visitar: http://www.uca.edu.sv/facultad/chn/c1170/articulos.html

Hecho por: Manuel Carreira

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